13 diciembre 2009

LOS CHICOS QUE FUMAN




















En el Auditorio estaba todo el papel vendido, tocaba la prestigiosísima Orquesta Filarmónica y los melómanos estaban como niños con zapatos nuevos, y trajes y bolsos y otros complementos ad hoc. Quizás desentonara un poco la cuadrilla del fondo, pero nadie sabe dónde se esconde un alma noble.

Siguiendo el rito, los aficionados congregados en el vestíbulo hacían un somero recuento de altas y bajas, mientras mentalmente colocaban las oportunas etiquetas identificativas a todo bicho viviente; hay que saber con quién se alterna.

Tranquilotamente me dirigí a mi localidad tapizada de un azul relajante. La sala de proporciones áureas estaba panelada con madera de nogal y la atmósfera era cálida y uniforme.

Por megafonía se recordó al distinguido público la situación de las catorce puertas de salida por si hiciera falta una evacuación rápida, contenida y eficiente, y se puntualizó que no dejaba de ser una ordinariez el mantener los móviles encendidos, porque ya saben ustedes que eso solo lo haría Ludovico van Beethoven, a la sazón, sordo.

Como un hermoso ocaso de verano fue bajando la intensidad de la luz, y por las puertas laterales del escenario, elegantes y disciplinados, aparecieron los señores profesores con sus instrumentos pulidos, unos con ceras de anticuario y bruñidos otros con el exclusivo limpiametales Luis XIV. Se auguraba una velada perfecta.

Unos segundos de murmullos y carraspeos dieron entrada al concertino, tieso como un ajo y personaje ideal para poner en solfa a toda la orquesta.

¡Et voilá!, todo listo para el paseo triunfal de EL DIRECTOR, hombre de respeto y con mucho carácter, lacia melena blanca, frac y varita mágica de plata y ébano en la mano con la que sin perder el tiempo golpeó el atril –attenzione- antes de abrir los brazos como un Cristo protector para continuar como un Cristo airado, repartiendo manotazos a diestro y siniestro. Con esos mimbres, la música del pesado de Sir Elgar sonó increíblemente bien.

Tras el delirio del respetable llegó para mí lo más interesante: el descanso de veinte minutos.

Siguiendo el rito salí a la calle, donde naufragan los aficionados que fuman o que tienen las piernas inquietas, y también los músicos que fuman y tienen el espíritu inquieto.

Mamá, no oí la segunda parte del concierto, ya sabes mamá que me gusta quedar con los chicos que fuman.


Victoria Gil Arregui

5 comentarios:

  1. Me gusta. Me gusta esa mezcla de seriedad y conversación coloquial en el relato. Me gusta esa espera mientras leo, preguntándome qué va a pasar, manteniendo la tensión, esperando... y entonces llega ese final. Me gusta. Un final abierto que, de nuevo, deja volar mi imaginación... ¿Se "entretuvo" con uno de esos músicos "de espíritu inquieto y que fuman" y el resto del concierto sonó sin contrabajo?
    Un pero, igual me hubiese gustado que el título no me hubiera dado ninguna pista para ese final.
    Pero...¡hip, hip, hurra!

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  3. A mi también me gusta. Como describes el ambiente a la vez que describes a la gente, me imagino muy fácilmente el auditorio.
    Me gustan frases como "nadie sabe dónde se esconde un alma noble" o "hay que saber con quién se alterna". Y el tono del relato me gusta mucho. Y que sea tan abierto.
    Igual el final me llega un poco de repente, pero me ha gustado mucho.

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  5. Me ha gustado bastante cómo se va describiendo las cosas (sala, ambiente..), qué sucede (aviso megafonía, la entrada de instrumentos, director etc), así como los guiños que introduces con cierto grado de ironía y mucha gracia. Y bueno, la forma de terminar el relato, me parece que tiene mucha solfa (mamá... ya sabes mamá...).

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