
Aturdidos rayos de sol se esfuerzan es traspasar las ramas de los arbustos y templar el cuerpo desmadejado de María que se va enfriando. El cabello enmarañado esconde su carita, ya sosegada. La falda en la cintura. La braga rasgada a sus pies desnudos. Los zapatos con el lacito azul alejados del cuerpo. Las piernas laxas, en posición extraña, como fracturadas. Entre las uñas desgastadas, restos de tierra, pelos, piel que en su desesperación arrancó. Su vagina desgajada vierte ingenua sangre y simiente maldita. Confundidas. Un crucifijo de oro al cuello, regalo de su primera comunión recién estrenada, espeluznado. Este delirio no ficticio descubrirán los rastreadores.
Muchos maleantes serán interrogados. De él nunca sospecharán.
En la iglesia, tendido en el suelo, boca abajo, el pastor abnegado suplica clemencia a su divinidad. Quizás le perdone, pero los desgarros en tórax y brazos jamás le cicatrizarán.
Mertxe Marina
Me ha gustado mucho. Me parece un relato muy duro. Ese primer parrafo tan descriptivo te hace sentir espectador de la escena, pero todas esas frases cortas con mucha informacion pero lleno de detalles te hacen sentir mas que un mero espectador.
ResponderEliminarY los dos parrafos restantes me parecen un final redondo.
Me gusta porque con unas pocas líneas cuentas una historia siendo capaz de transmitir al lector toda su carga emocional. Y la eleccion de personajes y lugar donde se desarrolla la accion ayuda a remarcar la dureza y el sinsentido del hecho dramatico: una niña (inocencia y vida), un bosque (belleza en estado puro y vida), un sacerdote (fe en lo divino y vida eterna).
ResponderEliminarMuy bueno, aunque no haya disfrutado del todo leyendolo por la dureza de la historia.
Sorprendente, por su dureza lo podía haber escrito Dashiell Hammett, y su final abierto lo hace inquietante. Para que te fíes de los guantes de seda que ocultan puños de viejo boxeador.
ResponderEliminarEl sol aturdido, el sosiego de la muerte, la confusión de la sangre y la simiente, el crucifijo espeluznado,la inocencia traicionada... el delirio hecho realidad.
ResponderEliminarLa estructura temporal del relato en sus tres párrafos: el hallazgo, la investigación (¿tan corta y rápida como el párrafo?)y la "contricción".
Se abre en la naturaleza y se cierra en la divinidad.
¡Cuántos debates abiertos en tan pocas líneas!
Relato intenso y muy brillante.
Me desconcierta el final. No veo por que motivo no han de cicatrizar esas heridas, si hace referencia a heridas físicas. Entiendo que las morales se "acogen" al camino de la absolución.
Porque las heridas físicas en este caso son un símbolo del crimen cometido (lo encuentro genial).
ResponderEliminar"Ingenua sangre y simiente maldita", expresión de una fuerza impresionante.
Aunque el relato es duro, cruel, desprende una infinita ternura de los ojos de quien ve y narra las escenas.
Para mi vecino de arriba: Contrición. No le añadas letras.
Entiendo el sentido simbólico de las cicatrices. Explico mi desconcierto: no encajo ese "castigo" simbólico dentro del fatalismo, que no es para menos, que rezuma del relato. La naturaleza aturdida, la religión pisoteada, la sociedad civil impotente para encontrar el culpable,... No hay fuerza ni poder que someta al culpable. Entonces: ¿qué impone esa cicatriz perenne? ¿queda otra fuerza que nos gobierne o desgobierne?
ResponderEliminarDisculpas por el exceso de letras.
Ufffff... ¡Qué fuerza! ¡Qué duro! Increíble que en unas pocas líneas se pueda transmitir tanto, contar tanto, sugerir tanto, destapar tanto...
ResponderEliminarComo comenta Anónimo, la estructura es también genial. Esa descripción del primer párrafo te mete en la escena de sopetón. Ya estás allí, sintiendo tan dentro esa angustia, esa pena, ese horror. La inocencia rota, la Naturaleza "aturdida" ante semejante atrocidad. El crucifijo "espeluznado". Los objetos cobran vida ante esa muerte cruel.
Nosotros, los lectores, hemos llegado antes que los demás a la escena. Y así lo he sentido al leer cada línea de ese primer párrafo.
Después, la impunidad. El culpable, la religión, el perdón... ¡Un relatazo, Mertxe!