06 febrero 2010

Eclipse

















Rara vez un fenómeno natural consigue cautivar de tal modo el corazón de los hombres como un eclipse. Mi propio corazón, aun sintiendo remotos sus días de esplendor, vuelve a latir vigoroso y emocionado ante este espectáculo orquestado por los astros con celestial puntualidad.
Los hechos que os referiré a continuación ocurrieron durante uno de estos eclipses y, ni siquiera investidos de la mas inocente credulidad, pienso que pudierais tomarlos por ciertos. Aun así, no puedo por menos que narrarlos, aunque solo sea por sentir que la juventud vuelve a mí fugazmente cabalgando sobre esos recuerdos.
En las postrimerías del año 1929, nuestros montes dejaban pasar tranquilos los días sin más visitas que las de algún solitario pastor. Aunque todavía era joven, hacía ya muchos años que pisaba estas montañas y casi desde que las piernas se avinieron a sostenerme, recorrer senderos perdidos parecía la única manera de acallar el grito interior que clamaba espacio y aire, luz y soledad. Hablaba con las piedras y escuchaba a los árboles, conversaba con los pájaros y perseguía al viento que huía; gritaba con el trueno y susurraba secretos al agua que seguía presurosa su camino. Cuántas veces el zarpazo del hambre o la caricia de la lluvia me sorprendieron agazapado entre los arbustos, observando a algún animal sin poder recordar cuánto tiempo llevaba allí.
A menudo caminaba descalzo sobre la tierra, que no sabía de las prisas humanas. Me hablaba de los valles y las montañas, de las rocas y del barro, y podía adivinar sus venas de fuego corriendo en lo profundo. Aunque no desdeñaba la compañía de mis semejantes, no conseguía encontrar entre ellos la fácil armonía del sol y las estrellas o la tranquila alegría de un amanecer de primavera.
Aquel año, los calores habían pasado ya, y mientras los días se acortaban, las hojas de los castaños y de las hayas amarilleaban dejándose arrancar por el viento. Así, rodeada de un manto de hojas, en la contenida melancolía de una tarde de otoño, la vi por primera vez.
No podría describirla con criterios humanos porque a mis ojos, era más paisaje que mujer, más luz que piel. Sentada sobre las hojas, se giró y me miró sonriente como si siempre hubiera sabido que estaba allí. Me tendió la mano y con miedo de que se desvaneciera al tocarla, le tendí la mía. Jamás he vuelto a sentirme tan cerca de alguien como en aquel instante.
Si yo bebía agua, ella era arroyo y si comía fruta era árbol. Los días pasaban rápido a su lado y las noches eran eternas sin ella. Nunca le pregunté a dónde iba ni intenté retenerla, simplemente sabía que cada día tenía que partir como el sol al atardecer.
Aquella mañana llego en silencio y me sorprendió recogiendo castañas como una ardilla para pasar el invierno. Compartimos el calor de un pequeño fuego y paseamos tranquilos hasta un claro entre los árboles. Los animales no huían a su paso y solo mi presencia los mantenía prudentemente alejados.
Al acercarse el mediodía salimos del bosque y fuimos a buscar el abrazo del sol en las praderas meridionales. Correr y saltar marcando el camino era su forma habitual de moverse..Sin embargo esta vez marchaba inquieta a mi lado hasta que encontramos una pequeña hondonada al abrigo de la brisa y nos tumbamos allí cogidos de la mano, dejando pasar el tiempo. Cualquier otro día el sueño nos hubiera vencido de inmediato pero yo notaba como la inquietud crecía en ella a cada momento. Me cogía la mano con fuerza y se iba arrimando cada vez más, como un niño asustado.
De repente, se enderezó como un resorte, y con un angustioso gemido se giró hacia mí suplicante. Asustado y sorprendido, me incorporé e intenté abrazarla pero se me escurrió entre los brazos. Quedó arrodillada a pocos metros mirándose las manos como si no fueran suyas, perdiendo después la mirada hacia el cielo. Entonces me di cuenta.
El sol había empezado a ocultarse en pleno día y la oscuridad avanzaba inexorable. La luz iba tornándose penumbra y todo sobre la tierra iba adquiriendo un tinte ceniciento. Ella se levantó y empezó a moverse sin control, golpeando aquí y allá, como luchando con un enemigo invisible. A veces caía presa de unas terribles convulsiones y su mirada asustada buscaba la mía suplicando auxilio. Cada vez que intentaba acercarme, se revolvía gritando y me apartaba con un golpe que parecía venir de la propia tierra. Lo intenté varias veces sin éxito y finalmente, vencido por la más atroz de las impotencias, caí arrodillado y, entre sollozos desesperados, asistí al terrible espectáculo.
El sol estaba cercano a desaparecer del todo y ella se apagaba también. Cuando el último resplandor pugnaba por escapar de la inminente oscuridad, dejó de luchar y se derrumbó frente a mí como una sombra. Con una tristeza infinita en la mirada, me tendió la misma mano que me había ofrecido el día que nos conocimos y, mientras el sol desaparecía por completo, me dijo adiós y se deshizo en silencio entre mis dedos, como un puñado de arena en el agua.
Nunca mas volví a verla, y un montón de tierra es lo único que quedó de ella, pero desde entonces, cada vez que un eclipse oscurece el mundo, siento su mano deslizarse entre las mías y mis ojos humedecidos se cierran, imaginándola sentada entre las hojas como el primer día.

Julio

3 comentarios:

  1. Muy romántico

    ResponderEliminar
  2. Original y con mucho gusto escrito. La frase del comienzo me ha encantado, y cómo vas describiendo las cosas (ej: la tierra que no sabía de las prisas del hombre), y tambien la descripcion que haces de ella (ej: mas paisaje que mujer..).
    Es interesante el punto de vista emocional del protagonista de serlo todo a nada (si yo bebía agua ella era arroyo...; cada vez que intentaba acercarme me apartaba con un golpe que provenía de la propia tierra...).

    Me ha gustado mucho esta historia fantástica.

    ResponderEliminar
  3. Una preciosa historia de amor. Lo que más me ha gustado es esa especie de unión constante con la Naturaleza: hablar con las piedras, escuchar a los árboles, perseguir al viento, caricias de la lluvia. Y como comenta Vapor de Agua, esa forma tan original de describir el bosque. Me gusta que no haya una descripción física de la "mujer", de su amor ("no podía describirla con criterios humanos"). Ese ser fantástico queda libre a la imaginación del lector y me parece un acierto.
    Lo que menos me ha gustado es la parte de su lucha con la oscuridad (convulsiones, terrible espectáculo, suplicando ayuda). Igual es la parte de más acción del relato, pero rompe un poco ese romanticismo. Igual es que hoy tengo un día tierno (je, je) y me hubiese gustado más no conocer tantos detalles y con un par de pinceladas haber imaginado el resto.

    ResponderEliminar