15 febrero 2010

UNA DESAFINADA ORQUESTA



















El ensayo debía haber empezado, pero el primer violín y el clarinete estaban enzarzados en una acalorada discusión. Cada uno intentaba demostrar la primacía de su cometido en la orquesta mientras los demás preludiaban desaforadamente.
Tararíiiiiii, tararíiiiiiiii, hacía la trompeta. El arpa recorría sus cuerdas en veloces y endiablados arpegios. La flauta redoblaba sus esfuerzos en su tesitura más aguda. Los platillos, relucientes, con sus terribles chasquidos cubrían cualquier posibilidad de diálogo. Bumm, Bumm, el bombo hacía retumbar las paredes. En fin, el caos era absoluto. Entre tanto, la batuta golpeaba airadamente en el atril para imponer su autoridad, pero nadie le hacía caso, algo que incluso en los conciertos acontecía con frecuencia. En un desesperado esfuerzo logró aplacar aquel guirigay, pero la discusión entre el violín y el clarinete no cesaba. A ver –decía el violín-, ¿quién es capaz de conmover y hacer llorar de emoción como yo cuando interpreto una bella melodía? – ¡Pero si no se te oye! –Replicó el clarinete-. ¡Fíjate! -E hizo sonar con todas sus fuerzas unas cuantas notas. -¡Qué horror, pura estridencia! –Dijo el violín –. Además, si alguna vez cantas, necesitas el delicado envoltorio de nosotras, las cuerdas. Yo soy elegante y perfecto -Y empezó a tocar un romántico pasaje sobre una sola cuerda. A los pocos compases, ¡Pas! La cuerda se rompió. Ja, ja, ja, rieron los demás -¡Toca, toca ahora, que eres perfecto! -El violín, abochornado, se dispuso a colocar una nueva cuerda. Mientras, el clarinete, no cabía en sí de gozo, y saltaba por encima de los atriles entonando arriesgadas escalas, hasta que su lengüeta saltó por los aires y se quedó mudo. Ahora ya nadie reía, pues la disputa había contagiado a todos, y todos discutían entre sí intentando imponer su criterio. La batuta gritaba, vano empeño. El desconcierto, nunca mejor dicho, fue a más. Los trombones encogiendo y estirando sus varas golpeaban a los fagotes; éstos la emprendían con las violas, que apenas podían defenderse; el piano, con su reluciente dentadura, mordía a los que se acercaban; la tuba, grande y poderosa, acometía a barrigazo limpio; los violines, en su fragilidad, procuraban hacer mutis por el foro, cosa que no les valió de mucho, pues la percusión lanzaba su batería de baquetas a diestro y siniestro y no lograron salir ilesos. Por fin, el bombo, lanzando su potente mazo, golpeó de lleno a la batuta, que cayó hecha astillas. La autoridad estaba por los suelos. Así acabó todo. Astillas, teclas, boquillas, lengüetas, cuerdas, trompetas y trompas abolladas e inservibles cubrían el suelo.
A la mañana siguiente, a la hora de la limpieza, la señora escoba, sin sorprenderse, barría tranquilamente la sala de ensayos, mientras canturreaba su enésima marcha fúnebre.

Manuel González-Guerrero

4 comentarios:

  1. Me gusta mucho. Es muy visual, como estar viendo una película de dibujos animados. Creo que tiene mucho mérito porque todo encaja: la personalidad de los instrumentos vivos con su físico de objeto y su tarea en la orquesta.
    Felicidades, ya tienes el guión, ahora sólo falta coger el lápiz y ponerse a dibujar.

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  2. Muy bueno. Gran historia. Me encanta la personalización de cada uno de los instrumentos, su físico, su carácter, la dentadura del piano... Hay un montón de detalles y una segunda lectura todavía enriquece más el texto.
    Echo de menos más puntos y aparte en las partes del diálogo, que hubieran facilitado la lectura, por lo menos, visualmente.
    Me encanta el ritmo que has conseguido transmitir al relato y la originalidad. Muy chulo.

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  3. Muy bueno,y muy divertido. Me encanta como humanizas a los instrumentos y como les dotas a cada uno de su propia personalidad. Y el ritmo que va cogiendo el relato poco a poco hasta monatarse la marimorena. Muy bueno!

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  4. Tal cual, sí señor. Pero se te olvidó comentar que las violas andaban perdidas, como siempre.

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