18 diciembre 2009

EL ADIÓS DE LA INOCENCIA

















La llegada de la Reme a la aldea supuso todo un despertar erótico para un chico como yo, que lo más cerca que había estado del sexo opuesto era de las vacas del tío Mariano.
Aquel invierno había sido duro, y no perdonó al pobre tío Mariano que, postrado en la cama de su alcoba, agonizaba a causa de una pulmonía.
Evaristo -un primo lejano suyo que vivía en la capital- y su mujer, facturaron a una sobrina de su patrona para que atendiese a mi tío y se hiciera cargo de las tareas de la casa, pues tales encargos –según rezaba la nota que vino acompañando a la Reme- no eran adecuados para un muchacho de mi edad.
La primera vez que vi a la Reme ni me miró, se limitó a doblar y colocar en la frente de mi tío un paño que momentos antes había humedecido y escurrido en un descolorido balde colocado a los pies de la mesilla.
Desde una esquina de la alcoba, la observaba con curiosidad. Llevaba la melena recogida en un pañuelo gris, y su cuerpo se adivinaba robusto y fuerte bajo la gruesa tela oscura de su vestido.
Mi tío tosió. Contemplé su rostro ajado y recordé el tacto áspero de sus manos, de sus uñas ennegrecidas.
Las manos de la Reme se predecían suaves y voluntariosas, como toda ella.
Transcurrieron algo menos de dos semanas cuando la salud de mi tío comenzó a mejorar; pero por órdenes expresas de Don Sebastián, el médico, continuó guardando cama; algo que sin duda me colmó de satisfacción, porque la Reme pasaba mucho más tiempo dedicada a las tareas de la casa y podía disfrutar de su visión, más allá de los dominios del ojo censurador del viejo Mariano.
Cada día aumentaban mis encuentros casuales con la Reme. La buscaba en la cocina con cualquier excusa; me topaba con ella intencionadamente en el estrecho pasillo que comunicaba con el corral, cuando iba a tender la colada; la ayudaba a limpiar el gallinero imaginando que en cualquier momento el botón de su camisa se soltaría, dejando al descubierto unos pechos abundantes. La acechaba en cualquier lugar, y a cualquier hora.
Por aquellos días hubiera asegurado que ella no se daba cuenta de mis intenciones, pero pronto pude comprobar que estaba equivocado.
La noche antes de la muerte del tío Mariano, decidí espiarla cuando se dirigía a su dormitorio. Subió las escaleras y abrió la puerta, pero se quedó quieta en el umbral como si algo la inquietase. Mi corazón se aceleró ante la idea de haber sido descubierto, y me quedé agazapado, evitando hacer cualquier ruido. La Reme entró en su alcoba y, muy despacio, comenzó a desnudarse. Había dejado la puerta abierta.
Sentía mi estómago latir y gotas de sudor escurrirse de mis manos, pero todo yo permanecía anclado en el suelo, con los ojos encadenados a aquella puerta y aquella silueta que se adivinaba bajo la enagua y que se iba perfilando real, centímetro a centímetro, a cada segundo.
Por un momento creí ver la mirada acusadora de mi tío quemándome por dentro; pero no, el fuego era real, una gran bola de calor que estallaba en mis pantalones. Me sentí avergonzado.
A la mañana siguiente, me desperté al notar una mano que me zarandeaba. La Reme estaba sentada en mi cama, vestida de negro y con el pelo recogido, como siempre. Había una maleta junto a sus pies.
- Su tío ha muerto.
Me quedé mirándola, sin decir nada.
Tomó mi mano y la apoyó sobre su pecho. Era un pecho blando y abundante.
Y sin más, se fue.

Conchita Burillo Julián

3 comentarios:

  1. Me ha encantado, me he sentido transportado a la aldea y he espiado a la Reme junto al protagonista del cuento. Muy bueno.

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  2. Me ha gustado mucho, Conchita. El relato está lleno de deliciosos detalles que, como dice Delf, te transportan a aquella casa, a aquellos años (el uso de palabras como aldea, alcoba, Don Sebastián te llevan a otros años pasados).

    Me gusta que no lo cuentes todo y esa complicidad que consigues que el lector tenga con el chico. Consigues que compartamos con él esos primeros descubrimientos. Me gusta que algunas descripciones sean detalladas (descolorido balde, pañuelo gris, melena recogida, el pasillo que comunicaba con el corral...) y que otras sean sólo brochazos libres a la imaginación del que lee (la puerta abierta y Reme que empieza a desnudarse).
    Por eso dejaría así el final de esta frase: imaginando que el botón de su camisa se soltaría. No hace falta decir más, creo, y así es como me parece que has consiguido en el resto del relato esa complicidad entre el chico y el lector. No diciéndolo todo.

    El final me resulta un poco brusco. El relato me ha llevado a un lugar y, de repente, el ambiente se rompe un poco bruscamente. O así me ha parecido a mí. Igual un final más suave, un no volví a verla más... O algo así, me hubiese resultado menos agresivo. Es como si de repente ese ambiente que has creado, psssssss, desaparece de un manotazo.

    Muy chulo. Muchas gracias.

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  3. Pues a mí sí que me ha gustado el final, porque, después de todo lo anterior, ese descubrimiento del deseo, mezclado con la muerte y la enfermedad, ese sueño de aldea rural en el que ha conseguido meternos, es como si (aprovechando la expresión de Frostys)nos diera un manotazo que hace que nos despertemos. Es como si dijera: "mira qué idílico todo, pero no va a poder ser". Yo creo que así es como terminan siempre los sueños, soñemos dormidos o depiertos, abruptamente.
    Lo mejor de este relato, la sutileza, el modo en que se toma su tiempo para sugerir las cosas, sin sentir la necesidad de contárselo todo al lector. Muy buen trabajo.

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