
La llevaba tan incrustada en la conciencia, que al parecer me pasé el primer año de colegio convencido de que todas y cada una de mis profesoras eran mi madre disfrazada. Y no es que le atribuyera el don de la ubicuidad, no. Sin hablar con nadie de ello, mi secreto consistía en averiguar a toda costa en qué aula, ropero o cuartucho escondido de aquel colegio, llevaba a cabo mi madre la transfiguración en la señorita Blanca de mates, en doña Fernanda de religión o en la señorita Casilda de lengua, por ejemplo.
A la salida del cole corría hacia mi casa sin reparar en empujones, pisotones o codazos, por ver si podía sorprenderla en su cambio de atuendo. Pero era inútil, siempre me ganaba la partida. Allí estaba en la cocina, con la radio a todo volumen y pelando las últimas patatas. Mi presencia la alteraba y mostraba aquella mirada inquisidora, saturada de censura y de algo más que me hacía temblar y que luego comprendí que era odio. El mismo que iba incubando en mi interior hacia ella y sus disfraces.
Una noche, después de acostarme, oí a mis padres discutir por algo que ellos llamaban eso. Mi padre estaba empeñado en seguir adelante con eso, al contrario que mi madre, que insistía en deshacerse de eso, porque con uno había sido más que suficiente y ella no se había casado para convertirse en esclava. Las discusiones se repitieron unas cuantas noches, aunque entonces no entendía el motivo de ellas. Poco después, mi madre desapareció un par de días y a su vuelta no oí nada más sobre el asunto. Todo continuó como antes: mi madre, maldiciendo entre golpes y portazos y mi padre, llegando las más de las veces tambaleante y dando voces.
Aquella mirada de mi madre es la que reconocía en cada una de mis profesoras. Una mirada que veía al acostarme, en sueños, al despertar y que ahora se trasladaba también a mis horas de escuela. Es verdad que mi comportamiento no era el más dócil pero acostumbrado a la mejor caricia en forma de bofetada, a desdenes, asperezas y castigos, desarrollé, desde mi primeros años, espectaculares métodos de defensa y ataque.
Doña Fernanda no se mostraba tan conciliadora y piadosa como hubiese requerido su enseñanza de religión. Yo sufría con aparente humildad sus tirones de orejas, pero en mi interior maquinaba mis venganzas. Tras un severo castigo, al día siguiente entré tarde en clase, no sin antes embadurnar generosamente con grasa las primeras baldosas ante la puerta. Mi retraso propició el consabido tirón de orejas, pero mereció la pena. Al terminar la clase, doña Fernanda salió en primer lugar, pisó las baldosas, resbaló y cayó de bruces. Poca cosa, en realidad, sólo se rompió las gafas y sangró algo por la nariz.
Pero no sólo doña Fernanda, los demás disfraces de mi madre también gozaban de mi atención. Raro era el día en que en sus bolsos no apareciese una lagartija, una cucaracha o un ratón. Mi popularidad creció en la misma proporción que los pescozones, palmetazos, encierros sin recreo y amenazas de expulsión. Esta circunstancia, sin embargo, agudizaba mi ingenio, y cada día inventaba nuevos desquites.
En los años siguientes, mi percepción de las cosas cambió. Desaparecieron los disfraces y me convencí de que la vida era un círculo hostil de cuyas garras sólo podría desprenderme afilando y fortaleciendo las mías. El vínculo familiar estaba sellado con el lacre de la inquina.
Mi autoridad entre los compañeros era incuestionable. Todos me temían. Quienes solicitaban mi ayuda frente a otros, pagaban su tributo puntualmente. ¡Pobre del que faltara a su palabra! Sus pequeñas propinas dominicales se transferían a mi bolsillo.
Según crecía, mis necesidades aumentaban y mi audacia me llevó a acometer más lucrativas empresas. Un accidente doméstico vino a dar con mi madre en el hospital y conmigo en un correccional. Pasé por varios establecimientos de este tipo, y tuve en ellos excelentes maestros en el arte de camuflar lo ajeno. Mi carrera estaba perfectamente definida.
Hace tiempo que alcancé la mayoría de edad. Aquí, los demás reclusos me respetan. Tengo buenos negocios y excelentes relaciones dentro y fuera. Los funcionarios se muestran solícitos y se preocupan por mi bienestar; se dejan untar con gusto.
Ahora espero con impaciencia el día de mi libertad, pues mi más ferviente deseo es pagarle a mi madre un entierro por todo lo alto.
Manuel González-Guerrero
Madre dominadora y poco afectiva o la génesis de un rebelde. Muy bien reflejado. Me ha gustado
ResponderEliminarSí, sí, es casi como Norman Bates, tan obsesionado que está con su madre. Me gusta mucho la viveza de las escenas y como una te va llevando a la otra. Otra cosa a destacar es el uso del lenguaje, de gran riqueza y recursos.
ResponderEliminarY el final, inevitable, que no predecible.
Muy freudiano: somos lo que nuestra infancia ha hecho de nosotros.
Me parece un cuento estupendo. Como te atrapa desde el principio y te va llevando en bolandas a traves de la historia de este hombre sometido a una madre terrible. Es muy original el planteamiento. La forja de un psicopata. Muy bueno.
ResponderEliminarMadre no hay mas que una, y a tí te encontre en la calle, me encanta la forja de un psicópata.
ResponderEliminarTe engancha. Las escenas son muy visuales y se enlazan una con otra casi de manera inevitable. La caracterizacion de los personajes esta muy bien lograda.
ResponderEliminarHe podido imaginar perfectamente a ese rebelde, a esa madre, a esas profesoras y entender lo que pasaba por su cabeza con el relato. Muy visual como dice Vapor de Agua, pero viendo lo que pasa por dentro de esos personajes.
ResponderEliminarUna historia dura, afilada, sin una pizca de ternura. Te llega dentro.