
Hoy en el tren, cuando he ido a sentarme, he visto cómo otra mujer se dirigía al mismo banco, y las palabras de Laura han resonado en mi cabeza: “Mertxe, no te pelees por los asientos”. ¡Qué ridículo más espantoso!
Después de estudiar el plano de Madrid como para superar un examen, cargadas con maletas y bolsas, nos dirigíamos a la boca del metro, estábamos a dos palmos y aún no veíamos el nombre de la estación, ella no quería sacar las gafas, su coquetería se lo impedía, y yo vi claro que tenía que hacer un ajuste en mi graduación. Cuando llegó el metro, me fijé en un asiento libre, y otra señora parece que también. Ella, al darse cuenta de que yo me iba a sentar, hizo un amago de separarse. Yo hice lo mismo, pensamos que nos quedaba el sitio libre e intentamos sentarnos a la vez, como si estuviéramos sincronizadas ¿Cuántas veces repetimos ese movimiento de bamboleo, me siento, me levanto? ¿Cuántos caderazos nos dimos? Cuatro, cinco, seis... Yo, metida en un círculo sin sentido, incapaz de salir, de forma obsesiva, bailando el me siento me levanto. Ella al final tomó la decisión y dijo a grito pelado con cierto tono de enfado: “Me voy a otro asiento”. El resto del vagón se estaba partiendo de risa y yo, con mis maletas, no me atrevía ni a levantar la mirada. Me entró una risa histérica, de no poder parar, sudaba, me ahogaba, quería esconderme, y aún nos quedaban seis o siete paradas más. Me sentí provinciana, ridícula, inmadura, y Laura me miraba con asombro, ¿pero para qué esta escena? A cualquiera le puede pasar. Uno va por la calle, se encuentra de frente y los dos se dirigen hacia el mismo lado, hasta que uno, el más decidido, se para y dice: “elige tú”.
Aunque mi amiga tampoco se mostraba muy hábil por Madrid. En uno de esos trasbordos, estábamos bajando por unas escaleras, giré la cabeza para decirle no sé qué y no la vi. Miré hacia abajo y allí estaba, hecha un remolino con sus maletas y sus bolsas, tirada en el suelo. No le gustó que me riera, pero estaba cómica, intentando levantarse, sin soltar el bolso ni las maletas. Nos habían avisado de que en Madrid había mucho mangui. Nos aferrábamos al bolso de tal forma que, si alguien nos hubiera dado el tirón se habría llevado el bolso y la dueña. Desconfiábamos de todo. Todos eran sospechosos ¡Qué mesecito de curso en Madrid!
Jamás nos habríamos atrevido a entrar en un Sex Shop en nuestra ciudad, ¡qué vergüenza! ¡Pensarían que éramos unas frescas! Pero allí que nadie nos conocía. Entramos encogidas, protegiéndonos la una a la otra o queriendo hacernos más pequeñitas. Ella se compró unas bolas chinas. No teníamos ni idea de cómo se utilizaba aquello, pero habíamos oído que la Preysler llegaba a unos orgasmos insoportables de placer con aquellas canicas; nosotras estábamos liberadas, dispuestas a probar lo que hiciera falta. Detrás del mostrador había un negrazo impresionante y le preguntamos cómo había que utilizarlas. Se pensó que éramos lesbianas y empezó a explicárnoslo. Estábamos tan apuradas que no nos enteramos de nada. ¿Las habría usado él alguna vez? Yo me compré un llavero-muñeco, un orangután de goma que al apretarlo chillaba y aparecía un pito que triplicaba el tamaño del muñeco. ¡Qué gracia nos hizo! Después, sólo con hacer el gesto de la pinza ya nos moríamos de risa. Creo que no he vuelto a entrar en ninguna tienda de esas. Ahora, que he perdido la vergüenza, me faltan las ganas de utilizar cachivaches. Vamos, sequía total. Ay, somos las mismas, ¡pero cuánto hemos cambiado!
MERTXE MARINA.
Me gusta mucho el tono evocador que tiene el relato. Como describes a los personajes, con pequeños detalles nos vamos haciendo a la idea de sos mujeres que van por primera vez a la gran ciudad. Igual me parece que las anecdotas se van juntando un poco sin nexo, pero me imagino que es por el limite de logitud del relato. Pero me ha gustado mucho.
ResponderEliminarSiento disentir de la opinión de mi vecino, creo que el relato está bastante bien estructurado y no necesita de más longitud, es la precisa.Como dice nuestro querido profe, siempre se podría incluso acortar pero a mi entender está bien así.
ResponderEliminarMe gusta también la sencillez del lenguaje.
Gracias por lo de "querido", pero la próxima vez firma tus comentarios, para saber a quién tengo que poner un 10. Yo tampoco pondría pegas a la longitud, aunque es verdad que en los blogs siempre se agradece la concisión. A mí lo que me gusta de este relato es su inmediatez y que, a pesar de que probablemente haya pasado varias correcciones, parezca escrito del tirón. Desde luego, el tipo de lenguaje utilizado también ayuda a ello. Me ha parecido un poco caótico y desestructurado, pero posiblemente eso también ayude a crear el efecto de naturalidad, como en un monólogo interior.
ResponderEliminarAlgunas líneas me han provocado sonrisas. Otras, me han hecho reír. He disfrutado leyéndolo.
ResponderEliminarMe ha gustado mucho el lenguaje, como señala Gorka. Es directo, me parece estupendo para el tipo de relato, coloquial. El «¡qué rídiculo más espantoso!» del principio marca ya ese tono que va cobrando fuerza a lo largo de las líneas. Bailando el me siento me levanto (genial); risa histérica, de no poder parar, (es una risa mucho más histérica que la que se puede parar)... Y siempre con ese toque cómico en el lugar menos pensado.
Divertido y también tierno. Son dos personajes a los que coges cariño enseguida. Me imagino a las dos chicas que llegan a la gran ciudad con sus grandes descubrimientos. La descripción de la entrada al sex shop también me ha divertido mucho y refuerza el carácter entrañable de las dos protagonistas en la capital: con el experto negrazo y las bolas chinas, que en dos líneas se transforman en las «canicas» de la Presley.
Coincido con Gorka en ese aire de naturalidad. Y por poner un pero, igual desconcierta un poco el pequeño caos en la sucesión de anécdotas. A veces, sin conexión. Aunque igual también eso ayuda a crear ese clima cómico y desenfadado.
¡Ah! Una cosa más... La foto del relato, genial.;)
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