
Cuando despertó, el buitre Leonardo seguía allí, evaluando con esquinado ojo de buen cubero las libras en canal de aquel enjuto individuo.
Lejos de amilanarse, el descarnado prójimo aguantó la mirada, cosa de mucho mérito porque, a diferencia del leonado que disponía de visión binocular, él era ojituerto; pequeño detalle que no pasó desapercibido para el ave gourmet -a aquel pastelito le faltaba una guinda, pensó el melindroso Leonardo-.
Tras el tenso duelo en Ok Corral y contra todo pronóstico, el buitre comenzó a recular, una zancada, dos, diez ¿por qué tanta cobardía?
Porque su retina herida por el centelleo de la chapa del chambergo del fulano le recordó que estaba ante el guarda forestal que le había instalado la antena localizadora sobre el lomo –por eso, ni más ni menos-.
Si fuera zoológicamente posible, afirmaría que a Leonardo se le partía la caja de la risa; y es que el muy memo le había insertado por error un dispositivo TDT que le conectaba, aparte de con los documentales de la segunda, con todas las retransmisiones deportivas, campeonatos de póker, estrenos cinematográficos y otros ominosos programas televisivos, y, caramba, hay que ser agradecido, ese pequeño desliz había trocado su rutina de buitre solterón en una timba continua. ¿Le sirvo una mano, compañero?
Mª Victoria Gil Arregui
Un comienzo que genera expectación, aunque el último párrafo me ha decepcionado, es como ir de más a menos y acabar con un final desinflado.
ResponderEliminarGenial la frase "a aquel pastelito le faltaba una guinda".
Pobre buitre, castigado a ver los sinsabores de "la Belén Esteban" y demàs parafernalia. ¡Libérale!
ResponderEliminarMertxe
Me imagino al pobre Leonardo teniendo que aguantar nuestra basura televisiva y comprando sin parar en la teletienda.
ResponderEliminarDivertido relato!
Muy divertido. Ya estoy viendo al buitre leonado gritando goooooolllll los domingos por la tarde...
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