28 enero 2010

ROBO EN EL BLACK JACK



















El hombre de la cicatriz en la cara me había encontrado. Lo supe en el instante en que sentí en mi sien el frío cañón de su Colt. Quería el dinero del atraco. Yo no iba a dárselo. No podía dárselo; no todavía.
La noche del asalto al furgón blindado que transportaba la recaudación del Black Jack -uno de los casinos más frecuentados de la ciudad-, Charlie el mudo, Johnny D y yo quedamos en reunirnos tres días más tarde en la iglesia del Perpetuo Auxilio para repartirnos el botín.
El padre Raymond, que siempre ejerció de protector desde mis primeros días en el orfanato, era el encargado de custodiar y esconder en su iglesia el dinero robado hasta el día señalado. A cambio del favor, me hizo prometer que le ayudaría en la construcción de un comedor social.
Algo salió mal. La mañana antes de nuestro encuentro, el cuerpo de Charlie el mudo fue hallado junto al del padre Raymond en su iglesia, a los pies del confesionario. Los dos cadáveres presentaban un impacto de bala en la sien.

El clic sordo del gatillo me paralizó la sangre. Estaba sudando, pero tenía frío. Su voz ronca resonó en la habitación:
Parece que tienes una tarde de suerte –dijo–. Veamos cuánto tardas en suplicar como los otros tres –añadió mientras hacía girar de nuevo el tambor de su revólver.
Los otros tres. Eso quería decir que el hombre de la cicatriz ya había visitado también al pobre Johnny. Tenía la boca seca. No podía pensar.
Se escuchó un ruido al otro lado de mi apartamento. Mi vecino salía de casa; borracho, como siempre.
El cañón de su revólver dejó por un instante de ejercer presión sobre mi sien. El hombre de la cicatriz había girado alerta la cabeza en dirección a la puerta. Salté hacia su cuello. Clavé mis dientes en su nuca. Tiré hasta desgarrar un pedazo de carne. Un aullido de dolor hizo que se llevase una mano hasta la herida. Intenté arrancarle el revólver, pero me fue imposible. Mi adversario golpeó mi nariz con la culata de su arma. La sangre que salía a borbotones apenas me dejaba respirar, pero lo intenté de nuevo. Esta vez tuve más suerte; en el forcejeo el arma se disparó y el hombre de la cicatriz cayó al suelo.
Deseaba escapar de allí, pero me acerqué al cadáver y rebusqué en los bolsillos de su gabardina. Estaban vacíos. Observé detenidamente su rostro. Nunca antes lo había visto. Metí la mano en el bolsillo de su pantalón con la intención de encontrar algo que me diera alguna pista. Ese hombre no llevaba encima ni dinero, ni llaves, ni documento alguno que permitiese identificarlo; tan sólo una caja de cerillas con el logotipo del Black Jack y algo escrito en su interior: la dirección de la Iglesia del Perpetuo Auxilio, la iglesia del padre Raymond.



Alguien me había traicionado, y ya había pagado por ello. Mi agresor buscaba el dinero; eso significaba que el botín continuaba escondido en algún lugar de la iglesia.
No tenía la certeza de que el hombre de la cicatriz hubiese actuado sólo. La mejor opción sería desaparecer una temporada. Metí mi cartera en su pantalón y encendí una cerilla.
El fuego comenzó a propagarse por la habitación. Y por mi cadáver.
Buscaría el dinero cuando todo aquello se hubiese olvidado.

Conchita Burillo Julián

3 comentarios:

  1. ¡Qué bueno! Otro cura corrupto, aunque menos malvado que el de mi cuento.

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  2. Muy chulo, a mi me encanta la novela negra. Me ha gustado mucho la cantidad de accion que transcurre en un relato cortito y toda la accion que se intuye por detras.
    Espero que encuentre el dinero!!

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  3. Rápido y lento a la vez. Acción y reacción. Una historia de película. Me gusta mucho cómo la has contado, el ritmo que tiene. Se lee fácil, con ganas de pasar a la siguiente línea.
    Por poner un pero, igual esperaba un final más sorprendente, o que nos asombre algo diferente a lo que igual hemos visto en algunas pelis. Igual le falta la chispa que caracteriza siempre tus relatos. Ese chispazo que hace que me gusten tanto.

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