
Hummm! que fresquito estoy, cómodo, libre, desparramado y al pairo, en mitad de la barra de la bahía, disfrutando del reflujo de las olas en las faldas de la isla de Santa Clara, acunado por la marea que avanza y retrocede lenta y envolvente, dando pequeños tumbos en la arena de la playa, acogedora cálida rubia y compacta, como las mujeres que me enamoran
¡Hummm! me siento como un Dios, panza arriba bajo este algodonoso cielo azul cruzado por gaviotas patiamarillas que se dejan arrastrar por la brisa marina, bellas cometas de papel y oyendo el rítmico chapoteo de los remos de las traineras y las tristes sirenas de las embarcaciones de recreo
¡Hummm! qué suerte, hoy hay mar bella, me llevará suavemente hacia la playa, iremos dejando atrás los veleros y las motoras; evitando las redes antimedusas me acercaré despacio a las bañistas a las que rebasaré enredándome como un racimo de algas en sus cuerpos rotundos, morenos, impregnados de olor a salitre y sol, acariciándolos suavecito y susurrando sus nombres imaginados
¡Hummm! ahora que soy un muerto reducido a cenizas y aventado como las semillas en un campo de trigo, sin dolores ni temor, revivo y disfruto del griterío feliz de una tarde de verano; ahora que ya llego a mi destino final, ingrávido y disuelto alcanzo con el deseo las cuatro rosas rojas arrastradas hasta la orilla por la mar…
¡Hummm! ¡Qué placer de dioses!, por eso y por todo.
Mª Victoria Gil Arregi.
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